
El texto de Miguel Ángel Quintanilla Navarro, Contra la
ruptura (Ediciones Encuentro),
es muy «pepero». Esto es, supone una explicación sobre lo que
acontece en España, en el mundo y dentro de su partido realizada por
alguien que es del PP y busca algún beneficio para el PP. No lo
esconde el autor y cualquier lector sabe desde la primera página a
qué se enfrenta. Si usted tiene prejuicios o está completamente
obnubilado por lo que dicen, inducen y/o cuentan en otro partido, no
es su libro. Como dice Armando Zerolo, instigador del texto que se
analiza, si es «partícipe de la creencia de que la única posición
justa en el debate público consiste en destruir las posiciones
contrarias no puede explicarse ni por la educación, ni por las
circunstancias, sino sólo por algún tipo de psicopatía» (Contra
la tercera España, Deusto, pág.
45). Si usted, pese a tener una visión del mundo informada por otra
ideología o posición política, entiende que el debate y el
conocimiento mutuo no es malo sino que ayuda a lo democrático,
incluso a la convivencia, puede bucear en las páginas de este libro
para conocer cómo piensan en el PP, al menos algunos, respecto al
espíritu de época actual.
Una vez contextualizado el texto y
el autor, ya se puede analizar el libro con tranquilidad. El primer
capítulo, y no es algo descabellado, versa sobre el «Bloque de
ruptura». No piensen en secesionistas o malandrines, que también,
sino en ese bloque que parece haberse instalado tanto en lo
parlamentario como en algunos aparatos ideológicos, el cual no hace
más que insistir en lo malo que es el régimen del 78, cuánto mal
ha hecho la transición o lo bueno que sería cambiar la constitución
para hacer de España esa isla de Utopía donde el maná saldrá de
los grifos y todos llevaran vestidos realizados con hilos de oro
—igual
es excesiva esta última descripción, que no es de Quintanilla sino
mía. Bloque en el cual no solo está el gobierno actual y sus socios
sino Vox. No deja de señalar los problemas que tiene el PP con
ciertos localismos y regionalismo, muy evidentes y que le hacen
similar en aquello que se intenta afirmar a nivel estatal —el
caso del gallego, siendo Núñez Feijoo presidente, es un ejemplo de
esto—,
lo que ha llevado a acuerdos a nivel municipal y autonómico con Vox
que son poco lógicos.
Frente al bloque de ruptura, en el
que está incardinado Vox, cabe recordar, Quintanilla propone una vía
dialogante, moderada pero firme y basada en un análisis de la
realidad. El consenso, siempre que se realice mediante el
reconocimiento del otro, incluyendo sus derechos, dignidad y
obligaciones, no es mal camino, ni una «falta de intensidad en las
convicciones». Tan solo es practicar la democracia sabiendo que no
siempre se tiene la razón en todo, ni el otro es un incapaz, o un
mal patriota, o cualquiera de esas frases grandilocuentes, sibilinas
y divisorias que suelen escucharse en lo político. Porque parece que
lo político, ya que hay tantos amantes de Carl Schmitt, es solo la
confrontación amigo-enemigo, y no, no es así. Eso es una fabulación
que viene muy bien a todo tipo de populismos. De ahí que califique
el autor al bloque de ruptura como «una sucesión de amenazas
cruzadas con as que se pretende la extinción de formas de vida
españolas».
Tras este primer apunte que ya
muestra a las claras la posición de una parte, creo que buena parte,
del PP, se lanza a un análisis de la caída de su partido y algunos
motivos, basados en estudios, del porqué de la situación actual. Lo
más destacable es ese sentido de tratar a los electores, a la
ciudadanía en general, de poco menos que inculta. Lo dice bien en su
texto, los electores españoles son, incluso, más leídos y cultos
que los propios políticos. Este es un mal de toda la clase política.
Ese pensar que por cuatro tuits y tres gritos en un plató de
televisión una persona, con formación universitaria o de grado
superior profesional, va a cambiar el voto es estúpido. Se puede
movilizar voto que se iba a perder o perderlo si había dudas hasta
un 3%, según cálculos de Julián
Santamaría hace años,
pero antes de la campaña, el voto o no voto está prácticamente
decidido. Por tanto, el error del PP debe estar en otro lado. Y ese
otro lado, obviando cuestiones internas menores, aunque Quintanilla
lo ve en el congreso de Valencia —donde
perdieron las huestes de la reina de las ranas—
donde se postuló un camino de reformas que se quedaron en nada, es
algo mucho más profundo: como diría Anguita, el programa.
Desde luego va mucho más allá del
programa, es una forma sencilla para que ustedes piquen y compren el
libro, pero sin una clara comprensión de España, de lo que demandan
realmente los españoles, no hay nada que hacer. Claro que se pueden
ganar elecciones, pero a un costo enorme de dinero público en
publicidad institucional —esto
también lo digo yo, no Quintanilla. Lo importante para el autor es
mantenerse firme en la agenda reformista. Quien piense que España no
necesita retoques —por
ejemplo, digo yo, eliminar esa publicidad institucional o
subvenciones de ese tipo—,
es que vive en otro país. Quien piensa que debe ser derribado todo
para construir el reino de los Austrias o el paraíso de los penes
lesbianos, está fuera de la realidad. El autor propone seguir una
senda liberal, conservadora y demócratacristiana, con las paradojas
que lleva en sí esa mezcla, para poder volver a situar a España en
el buen camino. Y no es necesario acabar con el régimen del 78 sino
dar un paso más, algo que no han hecho los tres últimos presidentes
por distintas razones.
Para
llevar a cabo esto, dice Quintanilla, hay que tener claro que Vox no
es aliado, ni son peperos enfurruñados, ni nada por el estilo, sino
un partido populista y contrario, por mucho que digan, a los mínimos
principios democráticos que los españoles se han dado. El «desafío
a la institucionalidad y las costumbres políticas en las que
desembocó la Transición» está extendido a derecha e izquierda del
PP. El «voto del miedo ni el voto útil le funcionan ya al PP»,
ergo tiene que lanzarse al ataque, por así decirlo, con las armas
que se han venido desarrollando en el interior del propio partido
pero a las que nadie hace caso. Aquí, permítanme este inciso, creo
que Quintanilla, junto a otros, se han dejado las pestañas
analizando, estudiando, comparando, escribiendo y proponiendo
políticas, algunas de las cuales aparecen en el texto, sin que les
hayan hecho caso y se queja… con razón añadiría. Es algo típico
de los partidos actuales despreciar el talento interno, especialmente
cuando no encaja con la idea o la capacidad de quien está al mando.
El
PP tiene la misión, entiende el autor, de acabar con esa
radicalización, esa polarización y populismo que no es ni
generacional —aunque están intentando que lo sea—, ni
«territorialmente simétrica». No puede haber partidos vinculados
por «alianzas negativas o por investiduras-muro». Eso provoca
problemas mayores como se ve en la actualidad, donde se espera que
algún día pueda haber presupuestos de la Administración estatal.
Una división que comenzó con José
Luis Rodríguez Zapatero
y que ha llegado hasta nuestros días extendiéndose. El autor quiere
ver en el dóberman de Felipe
González
ese inicio pero no fue así. Estuve, por así decirlo, pululando por
allí en esa campaña y les aseguro que no era tanto ruptura como
reacción a la «crispación» y la «conspiración» en los años
del felipismo —algo de lo que se olvida el autor, no se sabe por
qué—. Algo así como, vamos a jugar al mismo juego y solo con la
intención movilizar electorado absentista. Lo que vino después es
algo muy distinto y más peligroso, como expresa Quintanilla. El
terreno de juego actual es, sin duda, producto de la izquierda
postmoderna —alguno diría, con razón, posmolerda— y de los
nacionalismos y sobre ese terreno de juego quiere competir el autor
mediante el centrismo y sin rupturas.
El bloque de ruptura, donde, hay
que insistir, está Vox, debe ser derrotado por el constitucionalismo
o como afirma «atraer hacia sí a todos los españoles que quieran
seguir siéndolo y deseen convivir amparados por la Constitución, el
autonomismo, el europeísmo, el bienestar y el respeto de las leyes».
Desde luego no se refiere al nuevo centro de Aznar en sus años de
correrías con Blair y Schröder, sino a una posición imaginaria a
la cual son impulsadas las personas por la presión de los extremos.
Intentar que la «posición correcta llegue a ser la posición
ganadora». Alguna base existe ya que, según la apreciación del
autor, en esa posición correcta está tan solo el PP y una mayoría
social a la que debe convencer pues, en ella, no solo hay personas de
derechas.
Sin necesidad de destripar el
libro, Quintanilla propone una serie de soluciones, algunas
cortoplacistas por necesidad, para que el PP retome la senda
reformista. Les puede sorprender la «España como ofrenda» de clara
influencia democristiana en un intento de para los procesos de
disolución y que tiene su punto Habermas, mucho más que el
prostituido patriotismo constitucional del zapaterismo-sanchismo
—estoy por jugarme el
coche a que no han leído al recientemente fallecido pensador alemán
y/o no lo han entendido. Un saber dónde se está y para qué se
está, no dependiendo de las demandas constantes e ilusorias, en
muchas ocasiones, de los populismos. En realidad, aunque no lo cite
así, una viva expresión del realismo político. Se apoya bastante
en el ámbito democristiano para derrotar al populismo y esa
constante negación del ser que hacen del otro —aquí
le recomendaría a Quintanilla y a cualquier otra persona interesada,
un muy cuidado estudio sobre ontología trinitaria de Tomás J.
Marín Mena, Alteridad y amor (Secretariado Trinitario)—,
esa criminalización del que no opina igual, esa extranjerización en
la propia tierra de cualquiera que se atreva a pensar por sí. Luego
habrá políticas concretas para circunstancias del día a día, pero
no es malo que se quiera frenar la sangría o la posibilidad de
gangrena antes de gestionar las otras dolencias del enfermo.
El libro termina con un capítulo
dedicado al católico en política, el cual deberían leer todos los
católicos sinceros sean o no del PP. Un capítulo con el cual estoy
completamente de acuerdo y del que no voy a contar nada porque es
mejor que lo lean. Si he hecho referencia a «católicos sinceros»
es porque, viendo cómo se vienen comportando algunos, que se dicen
católicos, últimamente en el PP y en Vox, la matización es
importante. No puede ser que, por influyentes que sean algunos
lobbies, no se denuncien ciertas agresiones a cristianos. De buenas
formas, pero exigiendo respeto. No es normal que se muestren muy
constrictos en estos días de Pasión y luego se trate al otro con
poco respeto. El que es católico, lo es incluso contra su propio
partido. Pero no es este el debate principal.
Lo mejor de todo el libro, en
términos de política de actualidad aunque no tan banal como
aparenta, es la negativa en todas formas posibles de cualquier tipo
de pacto con Vox. Como bien dice Quintanilla, no hay mejor aliado del
sanchismo que el partido de Santiago Abascal. Entre otras
cuestiones porque la esperanza de Vox no es ganar o pactar con el PP
sino acabar con él, acabar con cualquier política
constitucional-liberal. Además de ser un grupo para llevárselo
crudo —esto lo escribí
yo hace dos años en Diario 16 cuando existía—,
quieren establecer una sola verdad para todos los españoles y
cambiar el sistema no por uno que pueda servir a todos los españoles,
con independencia de sus visiones del mundo, sino a esa verdad
revelada que es un retorno a la oscuridad frente al iluminismo. Es
evidente que al PP, como dice Quintanilla, no le va a quedar otra que
llegar a acuerdos con Vox para formar gobiernos, pero sabiendo con
quién se pacta y a ser posible sobre mínimos. Sabiendo que en
realidad van a estar en la oposición siempre. Se ha visto donde se
ha compartido gobierno como Ciudad Real —busquen
en la prensa y verán— o
donde han sido apoyo parlamentario.
El libro, como les he dicho, es
muy interesante para un votante/simpatizante del PP. Contiene alguna
apreciación histórica un tanto errónea, pero que no viene al caso
airear aquí, pero es una base para construir… si es que esta vez
les hacen caso. Desde luego, no tienen que tener prisa por auparse en
las encuestas, ni creerse las que se publican. De hecho, al PP le
iría mejor si no hiciesen caso a las encuestas en general y se
pusiesen, como pide el autor, a trabajar en cuestiones de más
enjundia. Conozco a dos o tres que orbitan en esa senda y la verdad
es que tienen razón en sus planteamientos teóricos. Ahora bien,
¿las personas que están al mando son las adecuadas para ello? No
está mal tener algún perro de presa, aunque sea un dóberman, con
el que morder a los contrarios, es parte del espectáculo político
—aquí me reconocerán
que no ha existido ninguno mejor que Alfonso Guerra para eso.
Incluso se puede y se debe dar visibilidad a algún purista de las
esencias más conservadoras o más democristianas, que las personas
no vean algo monolítico siempre ayuda a sumar. Pero no puede ser que
todos sean perros y estén al ataque constantemente. Algo tan
sencillo como que se vislumbre un posible gabinete en la sombra. Con
todo lo torpe que fue Pablo Casado
en algunas cosas,
creo que tenía mejor equipo en ese sentido. En una sociedad tan
visual, las personas cuentan. No son lo principal, pero cuentan.
Otro error ya lo ha denunciado
Quintanilla, como es el localismo o regionalismo expansivo. En el PP
se tiene la manía de hablar políticamente en términos nacionales
cuando no toca. En algún caso hasta se le pregunta por su Comunidad
y siempre responde Pedro Sánchez. Eso, gracias a la potencia del
dinero destinado a publicidad institucional, hace mucho daño a la
imagen del candidato y del propio partido a nivel estatal. Ahí
tendría algo que hacer Génova porque muchos votos no llegan o se
van por estas cuestiones. Por ejemplo, si estar relacionado, Carlos
Mazón debía estar fuera de las instituciones hace tiempo, no
por culpable penal, sino por lo demás. Y, sin embargo, ahí sigue.
Se puede estar diciendo una cosa, incluso solicitando dimisiones,
mientras uno hace lo mismo. El fariseísmo que se observa en el PP
actualmente, producto de mucho de lo que cuenta Quintanilla en su
libro, perjudica tanto como la acción prosanchista de Vox. Y luego
hay problemas de discurso y estrategia política, pero me los voy a
callar porque las cosas están muy mal en España y uno es un
profesional de la materia. Si Quintanilla se invita a algo igual le
cuento alguna.
No compartiendo todo lo que dice,
es bueno que esto libros políticos tengan recorrido, vamos que se
vendan, y no solo para que la editorial del apreciado Manuel Oriol
siga ofreciendo buenos textos, sino porque permiten un debate sano,
razonado, propio de personas de talante democrático y que tienen
como principal misión el bien común. Se puede discrepar pero, si lo
piensan bien, todos los caminos llevan a Roma, que es hacer que
España vaya bien.