viernes, 3 de abril de 2026

Alguien que piensa en el PP y lo cuenta



El texto de Miguel Ángel Quintanilla Navarro, Contra la ruptura (Ediciones Encuentro), es muy «pepero». Esto es, supone una explicación sobre lo que acontece en España, en el mundo y dentro de su partido realizada por alguien que es del PP y busca algún beneficio para el PP. No lo esconde el autor y cualquier lector sabe desde la primera página a qué se enfrenta. Si usted tiene prejuicios o está completamente obnubilado por lo que dicen, inducen y/o cuentan en otro partido, no es su libro. Como dice Armando Zerolo, instigador del texto que se analiza, si es «partícipe de la creencia de que la única posición justa en el debate público consiste en destruir las posiciones contrarias no puede explicarse ni por la educación, ni por las circunstancias, sino sólo por algún tipo de psicopatía» (Contra la tercera España, Deusto, pág. 45). Si usted, pese a tener una visión del mundo informada por otra ideología o posición política, entiende que el debate y el conocimiento mutuo no es malo sino que ayuda a lo democrático, incluso a la convivencia, puede bucear en las páginas de este libro para conocer cómo piensan en el PP, al menos algunos, respecto al espíritu de época actual.

Una vez contextualizado el texto y el autor, ya se puede analizar el libro con tranquilidad. El primer capítulo, y no es algo descabellado, versa sobre el «Bloque de ruptura». No piensen en secesionistas o malandrines, que también, sino en ese bloque que parece haberse instalado tanto en lo parlamentario como en algunos aparatos ideológicos, el cual no hace más que insistir en lo malo que es el régimen del 78, cuánto mal ha hecho la transición o lo bueno que sería cambiar la constitución para hacer de España esa isla de Utopía donde el maná saldrá de los grifos y todos llevaran vestidos realizados con hilos de oro igual es excesiva esta última descripción, que no es de Quintanilla sino mía. Bloque en el cual no solo está el gobierno actual y sus socios sino Vox. No deja de señalar los problemas que tiene el PP con ciertos localismos y regionalismo, muy evidentes y que le hacen similar en aquello que se intenta afirmar a nivel estatal el caso del gallego, siendo Núñez Feijoo presidente, es un ejemplo de esto, lo que ha llevado a acuerdos a nivel municipal y autonómico con Vox que son poco lógicos.

Frente al bloque de ruptura, en el que está incardinado Vox, cabe recordar, Quintanilla propone una vía dialogante, moderada pero firme y basada en un análisis de la realidad. El consenso, siempre que se realice mediante el reconocimiento del otro, incluyendo sus derechos, dignidad y obligaciones, no es mal camino, ni una «falta de intensidad en las convicciones». Tan solo es practicar la democracia sabiendo que no siempre se tiene la razón en todo, ni el otro es un incapaz, o un mal patriota, o cualquiera de esas frases grandilocuentes, sibilinas y divisorias que suelen escucharse en lo político. Porque parece que lo político, ya que hay tantos amantes de Carl Schmitt, es solo la confrontación amigo-enemigo, y no, no es así. Eso es una fabulación que viene muy bien a todo tipo de populismos. De ahí que califique el autor al bloque de ruptura como «una sucesión de amenazas cruzadas con as que se pretende la extinción de formas de vida españolas».

Tras este primer apunte que ya muestra a las claras la posición de una parte, creo que buena parte, del PP, se lanza a un análisis de la caída de su partido y algunos motivos, basados en estudios, del porqué de la situación actual. Lo más destacable es ese sentido de tratar a los electores, a la ciudadanía en general, de poco menos que inculta. Lo dice bien en su texto, los electores españoles son, incluso, más leídos y cultos que los propios políticos. Este es un mal de toda la clase política. Ese pensar que por cuatro tuits y tres gritos en un plató de televisión una persona, con formación universitaria o de grado superior profesional, va a cambiar el voto es estúpido. Se puede movilizar voto que se iba a perder o perderlo si había dudas hasta un 3%, según cálculos de Julián Santamaría hace años, pero antes de la campaña, el voto o no voto está prácticamente decidido. Por tanto, el error del PP debe estar en otro lado. Y ese otro lado, obviando cuestiones internas menores, aunque Quintanilla lo ve en el congreso de Valencia donde perdieron las huestes de la reina de las ranas donde se postuló un camino de reformas que se quedaron en nada, es algo mucho más profundo: como diría Anguita, el programa.

Desde luego va mucho más allá del programa, es una forma sencilla para que ustedes piquen y compren el libro, pero sin una clara comprensión de España, de lo que demandan realmente los españoles, no hay nada que hacer. Claro que se pueden ganar elecciones, pero a un costo enorme de dinero público en publicidad institucional esto también lo digo yo, no Quintanilla. Lo importante para el autor es mantenerse firme en la agenda reformista. Quien piense que España no necesita retoques por ejemplo, digo yo, eliminar esa publicidad institucional o subvenciones de ese tipo—, es que vive en otro país. Quien piensa que debe ser derribado todo para construir el reino de los Austrias o el paraíso de los penes lesbianos, está fuera de la realidad. El autor propone seguir una senda liberal, conservadora y demócratacristiana, con las paradojas que lleva en sí esa mezcla, para poder volver a situar a España en el buen camino. Y no es necesario acabar con el régimen del 78 sino dar un paso más, algo que no han hecho los tres últimos presidentes por distintas razones.

Para llevar a cabo esto, dice Quintanilla, hay que tener claro que Vox no es aliado, ni son peperos enfurruñados, ni nada por el estilo, sino un partido populista y contrario, por mucho que digan, a los mínimos principios democráticos que los españoles se han dado. El «desafío a la institucionalidad y las costumbres políticas en las que desembocó la Transición» está extendido a derecha e izquierda del PP. El «voto del miedo ni el voto útil le funcionan ya al PP», ergo tiene que lanzarse al ataque, por así decirlo, con las armas que se han venido desarrollando en el interior del propio partido pero a las que nadie hace caso. Aquí, permítanme este inciso, creo que Quintanilla, junto a otros, se han dejado las pestañas analizando, estudiando, comparando, escribiendo y proponiendo políticas, algunas de las cuales aparecen en el texto, sin que les hayan hecho caso y se queja… con razón añadiría. Es algo típico de los partidos actuales despreciar el talento interno, especialmente cuando no encaja con la idea o la capacidad de quien está al mando.

El PP tiene la misión, entiende el autor, de acabar con esa radicalización, esa polarización y populismo que no es ni generacional —aunque están intentando que lo sea—, ni «territorialmente simétrica». No puede haber partidos vinculados por «alianzas negativas o por investiduras-muro». Eso provoca problemas mayores como se ve en la actualidad, donde se espera que algún día pueda haber presupuestos de la Administración estatal. Una división que comenzó con José Luis Rodríguez Zapatero y que ha llegado hasta nuestros días extendiéndose. El autor quiere ver en el dóberman de Felipe González ese inicio pero no fue así. Estuve, por así decirlo, pululando por allí en esa campaña y les aseguro que no era tanto ruptura como reacción a la «crispación» y la «conspiración» en los años del felipismo —algo de lo que se olvida el autor, no se sabe por qué—. Algo así como, vamos a jugar al mismo juego y solo con la intención movilizar electorado absentista. Lo que vino después es algo muy distinto y más peligroso, como expresa Quintanilla. El terreno de juego actual es, sin duda, producto de la izquierda postmoderna —alguno diría, con razón, posmolerda— y de los nacionalismos y sobre ese terreno de juego quiere competir el autor mediante el centrismo y sin rupturas.

El bloque de ruptura, donde, hay que insistir, está Vox, debe ser derrotado por el constitucionalismo o como afirma «atraer hacia sí a todos los españoles que quieran seguir siéndolo y deseen convivir amparados por la Constitución, el autonomismo, el europeísmo, el bienestar y el respeto de las leyes». Desde luego no se refiere al nuevo centro de Aznar en sus años de correrías con Blair y Schröder, sino a una posición imaginaria a la cual son impulsadas las personas por la presión de los extremos. Intentar que la «posición correcta llegue a ser la posición ganadora». Alguna base existe ya que, según la apreciación del autor, en esa posición correcta está tan solo el PP y una mayoría social a la que debe convencer pues, en ella, no solo hay personas de derechas.

Sin necesidad de destripar el libro, Quintanilla propone una serie de soluciones, algunas cortoplacistas por necesidad, para que el PP retome la senda reformista. Les puede sorprender la «España como ofrenda» de clara influencia democristiana en un intento de para los procesos de disolución y que tiene su punto Habermas, mucho más que el prostituido patriotismo constitucional del zapaterismo-sanchismo —estoy por jugarme el coche a que no han leído al recientemente fallecido pensador alemán y/o no lo han entendido. Un saber dónde se está y para qué se está, no dependiendo de las demandas constantes e ilusorias, en muchas ocasiones, de los populismos. En realidad, aunque no lo cite así, una viva expresión del realismo político. Se apoya bastante en el ámbito democristiano para derrotar al populismo y esa constante negación del ser que hacen del otro —aquí le recomendaría a Quintanilla y a cualquier otra persona interesada, un muy cuidado estudio sobre ontología trinitaria de Tomás J. Marín Mena, Alteridad y amor (Secretariado Trinitario)—, esa criminalización del que no opina igual, esa extranjerización en la propia tierra de cualquiera que se atreva a pensar por sí. Luego habrá políticas concretas para circunstancias del día a día, pero no es malo que se quiera frenar la sangría o la posibilidad de gangrena antes de gestionar las otras dolencias del enfermo.

El libro termina con un capítulo dedicado al católico en política, el cual deberían leer todos los católicos sinceros sean o no del PP. Un capítulo con el cual estoy completamente de acuerdo y del que no voy a contar nada porque es mejor que lo lean. Si he hecho referencia a «católicos sinceros» es porque, viendo cómo se vienen comportando algunos, que se dicen católicos, últimamente en el PP y en Vox, la matización es importante. No puede ser que, por influyentes que sean algunos lobbies, no se denuncien ciertas agresiones a cristianos. De buenas formas, pero exigiendo respeto. No es normal que se muestren muy constrictos en estos días de Pasión y luego se trate al otro con poco respeto. El que es católico, lo es incluso contra su propio partido. Pero no es este el debate principal.

Lo mejor de todo el libro, en términos de política de actualidad aunque no tan banal como aparenta, es la negativa en todas formas posibles de cualquier tipo de pacto con Vox. Como bien dice Quintanilla, no hay mejor aliado del sanchismo que el partido de Santiago Abascal. Entre otras cuestiones porque la esperanza de Vox no es ganar o pactar con el PP sino acabar con él, acabar con cualquier política constitucional-liberal. Además de ser un grupo para llevárselo crudo —esto lo escribí yo hace dos años en Diario 16 cuando existía—, quieren establecer una sola verdad para todos los españoles y cambiar el sistema no por uno que pueda servir a todos los españoles, con independencia de sus visiones del mundo, sino a esa verdad revelada que es un retorno a la oscuridad frente al iluminismo. Es evidente que al PP, como dice Quintanilla, no le va a quedar otra que llegar a acuerdos con Vox para formar gobiernos, pero sabiendo con quién se pacta y a ser posible sobre mínimos. Sabiendo que en realidad van a estar en la oposición siempre. Se ha visto donde se ha compartido gobierno como Ciudad Real —busquen en la prensa y verán— o donde han sido apoyo parlamentario.

El libro, como les he dicho, es muy interesante para un votante/simpatizante del PP. Contiene alguna apreciación histórica un tanto errónea, pero que no viene al caso airear aquí, pero es una base para construir… si es que esta vez les hacen caso. Desde luego, no tienen que tener prisa por auparse en las encuestas, ni creerse las que se publican. De hecho, al PP le iría mejor si no hiciesen caso a las encuestas en general y se pusiesen, como pide el autor, a trabajar en cuestiones de más enjundia. Conozco a dos o tres que orbitan en esa senda y la verdad es que tienen razón en sus planteamientos teóricos. Ahora bien, ¿las personas que están al mando son las adecuadas para ello? No está mal tener algún perro de presa, aunque sea un dóberman, con el que morder a los contrarios, es parte del espectáculo político —aquí me reconocerán que no ha existido ninguno mejor que Alfonso Guerra para eso. Incluso se puede y se debe dar visibilidad a algún purista de las esencias más conservadoras o más democristianas, que las personas no vean algo monolítico siempre ayuda a sumar. Pero no puede ser que todos sean perros y estén al ataque constantemente. Algo tan sencillo como que se vislumbre un posible gabinete en la sombra. Con todo lo torpe que fue Pablo Casado en algunas cosas, creo que tenía mejor equipo en ese sentido. En una sociedad tan visual, las personas cuentan. No son lo principal, pero cuentan.

Otro error ya lo ha denunciado Quintanilla, como es el localismo o regionalismo expansivo. En el PP se tiene la manía de hablar políticamente en términos nacionales cuando no toca. En algún caso hasta se le pregunta por su Comunidad y siempre responde Pedro Sánchez. Eso, gracias a la potencia del dinero destinado a publicidad institucional, hace mucho daño a la imagen del candidato y del propio partido a nivel estatal. Ahí tendría algo que hacer Génova porque muchos votos no llegan o se van por estas cuestiones. Por ejemplo, si estar relacionado, Carlos Mazón debía estar fuera de las instituciones hace tiempo, no por culpable penal, sino por lo demás. Y, sin embargo, ahí sigue. Se puede estar diciendo una cosa, incluso solicitando dimisiones, mientras uno hace lo mismo. El fariseísmo que se observa en el PP actualmente, producto de mucho de lo que cuenta Quintanilla en su libro, perjudica tanto como la acción prosanchista de Vox. Y luego hay problemas de discurso y estrategia política, pero me los voy a callar porque las cosas están muy mal en España y uno es un profesional de la materia. Si Quintanilla se invita a algo igual le cuento alguna.

No compartiendo todo lo que dice, es bueno que esto libros políticos tengan recorrido, vamos que se vendan, y no solo para que la editorial del apreciado Manuel Oriol siga ofreciendo buenos textos, sino porque permiten un debate sano, razonado, propio de personas de talante democrático y que tienen como principal misión el bien común. Se puede discrepar pero, si lo piensan bien, todos los caminos llevan a Roma, que es hacer que España vaya bien.

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