El 4-0 de Copa del Rey hizo mucho daño. En un momento en que todo parecía ir cuesta abajo, ese resultado, junto a el desbordamiento futbolístico desarrollado por el Atleti, quebró la fe de los jugadores y buena parte de la afición. Se agarraron a un fuera de juego clarísimo —para ellos no lo era— y a un poco el orgullo, más las doscientas veces que afirmaron que Julián Álvarez lo tenía hecho sin pensar de dónde iban a sacar el dinero y ofreciendo saldos como si fuesen Pelé, pero es que, además, sabían que el Atleti estaba casi obligado a dar cierto descanso a los jugadores por aquello de jugar una ronda más de Champions. El 3-0 de la vuelta les jodió, mucho, muchísimo, pero se centraron en otras dos competiciones.
Cuando vieron que les tocó en liza, de nuevo, el Atlético de Madrid, comenzaron los sudores fríos. ¿Y si les da por hacer otra vez el mismo partido? Pensaron que no podría producirse eso, pero llegado el sábado anterior a la disputa del encuentro de Champions, notaron que el Atleti, con los suplentes, con chavales que juegan en primera y tercera federación, no solo les puso las cosas difíciles, sino que jugando contra diez tuvieron que meter un gol de rebote para vencer. En el fútbol hay mucho idiota, pero el que más o el que menos saben que si los suplentes lo han puesto difícil… y ahí les entró el canguelo, el ver fantasmas en todos los sitios, el «¡Ay, ay, ay!» de Núñez —en versión real y la de Alfonso Arús—, el vamos a ganar pero con la boca pequeña.
Y o que se vio durante el partido, con un Atleti irregular, fue eso. Miedo, mucho miedo. Jugadores con dudas a la hora de decidir en una jugada. Jugadores y espectadores con el agujero cerrado completamente cada vez que alguno con rayas rojiblancas echaba a correr. Hasta que les clavaron el primer gol. Entonces las prisas… hasta que les cayó el segundo. Ahí el juego ni importaba. Con tal de no encajar más goles les valía porque, en esos instantes, estaban ya pergeñando la excusa que iban a sacar para justificar la derrota frente a un equipo que tiró tres veces a portería y entraron dos. Que si debieron ver tarjetas todos los jugadores por el hecho de ser del Atleti. Que si penalti por un saque de puerta. Que si esto, que si lo otro, sabiendo las hienas de la prensa nacionalbarcelonista acabarían haciendo su trabajo.
Dicen ser distintos al Mal, pero lo de estos días demuestra que son iguales. La misma fiereza y mala leche que gastan los Teleñecos de la noche —mira que hablar de llorones Gárgamel con lo que son el Mal cada jornada y lo que tiene que ver él cada mañana ante el espejo—, los narradores de Movistar y cualquiera que sepa que su sueldo y empleo depende del Maligno. Aquí dependen de «La Puerta» que se elija en el Camp Nou. Siempre he dicho que igual que existe un nacionalmadridismo, existe un nacionalbarcelonismo, lo que ocurre es que sus aparatos ideológicos no están tan centralizados, pero igualitos son. Tanto seny, tanto «no somos los mismo», para al final del camino acabar abrazados, morreándose e, incluso, cohabitando. Solo había que ver las caras del programa de Movistar después del partido. Las mismas que cuando pierde el Mal.
Se han creído, dentro de su prepotencia totalitaria, que todas las competiciones son entre ellos dos. En La Liga es casi así porque los otros 18 son unos mierdas que viven, como el PSOE de la Comunidad de Madrid, muy bien en la oposición. Pero en Champions la cosa ha cambiado. Todos los equipos ya comienzan a protestar y a quejarse por las trampas de los dos conjuntos españoles. Hay una rebelión de grandes equipos que este año están marcando el terreno. Pese a vencer, desde el Bayern, con sutileza, ya han dejado caer que Michael Oliver —el inglés madridista que va a la caja de latón a hacerse fotos con su esposa— se comió un penalti a Olise como una catedral tras una carvajaliña, vamos un empujón de toda la vida. Lo mismo han hecho numerosas cuentas internacionales en redes sociales y periódicos del extranjero. Ya no se callan, ni creen en suerte, saben lo que hay por detrás, corrupción del totalitarismo.
Es fútbol y todo puede pasar. Pero desde ayer, además del ataque salvaje a Giuliano y a Musso —¿alguien me puede decir por qué el cabezón de la Cope se puso tan impertinente con el portero argentino? ¿Ya no le invitan a copazos, a ternera, no les gusta a los de Apollo, quiere vivir en Barcelona, usa zapatillas con velcro?—, todo lo que vienen haciendo es mostrar el miedo. Si recuerdan, tras el 4-0, estaban convencidos de la remontada; ahora demuestran que un simple 0-2 no parece tan remontable. ¿Por qué? Porque ya no hay factor «Aytekin» al que agarrarse. Tras la tropelía de Marciniak el año pasado, se han agotado las estupideces que se pueden hacer. De ahí el miedo que muestran.
En el otro lado, en el Mal, están con la risa floja. Mucho cachondeo con el FC Barcelona, pero invocando los espíritus del que pegaba patadas en la cabeza o el espía de la URSS, la flor de Zidane y quince mil cosas más —saldrá el torerillo calvo pegando cabezazos junto a su amigo el llantos y demás portadores de zapatillas de Teletienda. En cuanto comiencen a tomar conciencia de que el Atleti podría estar cerca de ganar la maldita, entonces, se harán amigos de toda la vida y comenzarán a invocar al Diablo en el cruce entre la Puerta del Sol y Canaletas para que no suceda. Si de normal, para la prensa nacionalista, maligna o culé, el Atleti no es un equipo español, de hecho parece no existir, volverán a ir cogiditos de la mano como en la fracasada Superliga y como hacen siempre. Los totalitarismos se acaban queriendo entre ellos —pacto germano-italiano, pacto germano-soviético...— y no va a ser distinto en esta ocasión. Y todo por miedo. Si fuese el Villarreal el que estuviese en esa situación dirían lo mismo. No pueden consentir que algún otro equipo gane algo que, de momento, solo ellos tienen. Algunos no han ganado la Recopa de Europa y no pasa nada ¿no?
Miedo, tienen miedo. Cabe recordar que esto el fútbol y puede acabar pasando de todo, pero a día de hoy no lo tienen tan claro. Son conscientes de que en Liga, gracias a los servicios del doctor Strangelove, siempre se lo van a jugar entre los dos, por lo civil o lo criminal, pero en Europa ya no parece que sea así. Que igual remontan como les vuelven a poner el culo fino. Mírenles bien. Esas caras no son de excitación, salvo los que utilizan los camellos como desplazamiento, sino de pavor, de pánico, de canguelo, de… Miedo. Y nada mejor para el miedo que una ronda de biberones.
Post Scriptum. Una de las cosas curiosas del partido de Champions es que la mufa del Cholo en el Camp Nou parece rota, como el uso de los pantalones rojos. Veremos.

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