Si los aficionados atléticos tienen algo distinto al resto de aficionados españoles es que no proyectan en la selección lo que consiguen o no consigue con su club. Los de otros equipos intentan ganar lo que no suelen o, lo que más sucede, se traslada el duopolio tebasiano a lo que haga o no el equipo nacional. No son de la «Francia de M’Bappé», la «Croacia de Modric», ni la «España de Lamine», ni el «Barça hecho selección». Los que son españoles apoyan a la selección española, sin más. Casi sin ganas, se podría decir. De ahí que los nervios o disgustos sean los lógicos, ninguno. El aficionado rojiblanco no sufre con la selección como con el Atleti, no tanto respecto al resultado o la victoria, sino como ese estado de enajenación mental a que llevan las rayas canallas. Por lo tanto, puede ver un mundial, una eurocopa o unas olimpiadas con orgullo nacional, pero hasta ahí. Y como siempre ha sido raro que convocasen a sus jugadores, porque tenían que ir algunos por decreto hasta hace bien poco —¿cómo ha osado De la Fuente no convocar a Huijsen o Pitarch?—, pues ve los partidos con tranquilidad.
De todo lo anterior se deduce que como rojiblanco, quien esto escribe, no ha sufrido lo más mínimo. Una selección que llega a dominar el juego, de tal manera que provoca haber encajado un solo gol en todo el mundial, le parece la cosa más tediosa del mundo. Salvo el partido de Cabo Verde, donde sí parecía la selección el Atleti, no el visitante que ese da pena, el resto han sido partidos donde se intuía y observaba que aquello iba a acabar cayendo del lado español. Incluso lo que para otros eran arbitrajes malos, e incluso tendenciosos, para un atlético era como ver un partido cualquiera de los rojiblancos. El ser un «equipo», algo que los aficionados del Metropolitano valoran por encima de todo, no como esos equipos que son conjunciones de estrellitas, estrelladas en muchas ocasiones, gusta y eso es lo que es España desde que se le ocurrió la idea a Luis Aragonés y continuaron Vicente del Bosque y Luis de la Fuente. Todo ese marketing de centrar todo en uno o dos jugadores, los llamados «cromitos», no es lo propio. Claro que se pueden tener «estrellas» pero no por encima del esto de compañeros. Futre entraba por los ojos él solo, pero nada sería sin Manolo, Vizcaino, Donato, Tomás, Abel y tantos otros compañeros.
Mientras que otros miraban entusiasmados a ver qué hacían sus «otras selecciones», los rojiblancos casi no querían ni mirar. Alegrarse del avance de Noruega por Sørloth, desde luego que sí. Como el México de Obed Vargas. No con Argentina. Ahí el aficionado rojiblanco entraba en cabreo profundo. Ver a esos mismos tipos que en 38 jornadas de liga deambulaban fantasmagóricamente por los campos de fútbol y verles dejarse los huevos en cada partido, eso enfadaba y mucho a los aficionados. Luego no les ha servido para mucho, miren a Almada y a «ochogoles» lo mal que han estado, pero cabreaba. La única motivación que había con ellos era que avanzasen para poder venderlos sin tener que pagar para que se los lleven. A ser posible que no vuelva ninguno, ni piensen en traerse amigos como Romero o Fernández, porque ya se ha visto que el primero es de cristal y el segundo es medio lelo, salvo Giuliano y porque ha estado algún tiempo en la cantera y se siente rojiblanco de verdad.
El Mundial, la segunda estrella como dicen ahora, es una alegría inmensa. Más contando con tres más uno jugadores en la selección. Alegría por Baena y su buen rendimiento. Alegría por Pubill y sus logros en una temporada que parecía de transición para él. Alegría por el «rey magufo» don Marcos Llorente, quien ya no llegará a otro mundial. Y alegría por el que ha de venir, Grimaldo, que pese a no haber jugado también es campeón. Y, como no, alegría por todos los jugadores que han llevado la roja y han ganado ese título en buena lid. Alegría por todos ellos porque para el rojiblanco todos son parte el equipo, no solo «de los míos o los tuyos». En liga habrá piques con FC Barcelona, el Mal, el Bilbao, la Real, el Celta o con quien sea, pero todos ellos nos representan tan bien, o mejor, que los del Atleti. Que Cubarsí, Unai y Rodrigo ganen los premios como mejores del mundial es orgullo para los atléticos.
Sufrir, no mucho. Cabreo en la final, bastante, porque eso que le estaban haciendo a España recordaba a cosas habituales. A ese «peligrosamente preparada». Y por su puesto pidiendo que Molina y Almada no vuelvan a vestir de rojiblancos por ese mal perder que tuvieron al final. Teniendo compañeros de equipo no se puede ser tan asqueroso. Claro que teniendo a Messi al frente, quien se fue a llorar frente a la afición y no tuvo ni el gesto, al menos de campeón y no de individualista llorón —por eso le gusta a Milei, otro mierdecilla que no apareció por New Jersey—, de hacer girar a sus compañeros para ver, al menos porque lo suyo era hacer pasillo, cómo entregaban la copa a los campeones, no hay nada de qué extrañarse. ¿Cómo era aquello? ¿«Los extremeños se tocan»? ¡Ah, no! Eso era una obra de Pedro Muñoz Seca y Pedro Pérez Fernández. «Los extremos se tocan», era. Ya saben a qué extremos futbolísticos se hace referencia.
Hoy no hay ningún rojiblanco español que no diga: ¡Viva España! Otros igual no pueden decir lo mismo o se han subido tarde al carro.





