miércoles, 11 de febrero de 2026

No es tan difícil una política de izquierdas (y II)

 


De la teoría a la praxis

La izquierda, en general, destacó a lo largo del tiempo por ser constructora de maravillosas utopías que acabaron mal, de presentar los programas más bellos, de tener las mejores intenciones, pero luego han acabado palmando ante un programa vacío. Desde hace décadas, desde la Tercera Vía más o menos, viene fallando en la praxis, en llevar a cabo lo que dicen o presentan, materializar las propuestas. Porque en lo de ser destructores del pensamiento se han aplicado, y siguen haciéndolo, con vehemencia y eficacia. Eso sí, destinando cientos de millones de euros a la causa. Millones que se podrían haber utilizado en cualquier otra cosa más benéfica… para todos, no para la casta.

En los países europeos el mantenimiento de las infraestructuras es clave. Hay que aplicarse a mantener todas las infraestructuras erigidas y que son un bien social del Estado. Sanidad, educación, transportes, pensiones… Deberían estar centralizadas en el gobierno central pues son un bien común y, por ende, no deberían servir a causas y mezquindades particulares. Mantenerlas con suficiencia y sin explotación de los trabajadores, como sucede en la sanidad pública. Carreteras adecuadas, trenes dignos y con puntualidad. Educación no ideologizada y centrada en lo importante, no en las matemáticas andaluzas se ha llegado a esto aunque parezca increible, e igual para todo el alumnado. Sentido común y buena gestión. Porque de nada sirve invertir en magníficas carreteras para dejarlas sin mantenimiento, por ejemplo.

Hoy la vivienda es un problema, en parte por el susto del 2008, en parte, porque se han dejado de construir viviendas sociales. Viviendas dignas pero sin lujos ¿qué es eso de viviendas con pistas de pádel o piscina?. El tiempo transcurrido y la capacidad de cada uno dirá si se mudan o no. Terreno hay, incluso tenedores del mismo que estarían muy abiertos a negociar si se les ofrece alguna ventaja. Eso sí, a ser posible sin elevar la aglomeración que se viene produciendo. Por ello es importante no centrar todo en los grandes núcleos urbanos. Todas las políticas que se han llevado a cabo han sido centralizadoras a nivel estatal, regional o provincial. Todo en el mismo sitio. Una acción para ello ha sido la destrucción y abandono de infraestructuras de transporte o deslocalización industrial. ¿Por qué se debe trabajar y vivir en Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Valencia, etc.? Cierto que hay mucho de tontería. Son miles a los que les lleva el síndrome de Stendal de las lucecitas pero, con las capacidades tecnológicas actuales, la mayoría de trabajos se pueden realizar a distancia y en cualquier lugar de España. La presencialidad, ese gran vicio empresarial español si quieren ver trabajadores se les pueden subvencionar unos maniquíes, a los que podrán gritar y todo, es innecesaria hoy en día por lo que el fomento de la movilidad territorial es un paso a dar. Y si va acompañado de mantenimiento y mejora de infraestructuras, mejor.

Todas las políticas clásicas de la izquierda son, hoy día, cuasirevolucionarias. La mayoría de ellas son de mero sentido común. También es verdad que antes existían «sindicatos de clase». Hoy en su mayoría, salvo excepciones muy minoritarias, son grupos de funcionarios y grandes empresas. Cuyos representantes están más en un despacho que en la calle. Por supuesto, nada que hablar de protestas, de conocer a los trabajadores. Cuando los califican de «comegambas» no van muy desencaminados. Son parte del mal. Eso de la lucha de clases les suena a tai-chi o yoga.

Tampoco están mejor las asociaciones de la sociedad civil. La que no está vinculada a un partido u organización empresarial, está a pillar subvención para seguir funcionando. No se van a pelear ni con hunos, ni con hotros. La desaparición de la sociedad civil es otra de esas actuaciones de la clase política que ha sido firmemente efectiva. Toca a la izquierda recomponerla mediante, no la subvención, sino el espacio necesario para que se desarrollen en libertad. Aunque protesten contra las políticas propias, siempre será mejor que la situación actual de acedia.

¿Qué dices de identidad?

Otra cuestión, que no parece quedar muy clara, es que cualquier nacionalista o regionalista que no deja de ser sino un nacionalista sin pretensiones es potencialmente un totalitario. Pensar que un nacionalista, el cual antepone esa «comunidad imaginada» a la igualdad y la libertad, pueda ser de izquierdas es partir de un error intelectual y práctico. Respetar que alguien pueda tener una identidad muy marcada, por vivir en una parte singular de un Estado o en todo el Estado, es parte del encuentro con el otro. Dejar que se pisoteen derechos humanos y la dignidad de las personas en base a esa identidad, no es de izquierdas, es de imbéciles. Todos esos andalucistas, navarristas, valencianistas, vasquistas, catalanistas, asturianistas o galleguistas que pululan por la llamada izquierda española, llevan en su fuero interno la bicha totalizadora. Si pululan por la derecha, también.

El clásico «¿Qué ha de lo mío?« acaba precipitando políticas de desigualdad, de persecución del otro, del que no se incorpora a la lengua, la cultura y lo que se les ocurra por el camino de la invención nacionalista. En España esto no es solo producto de la izquierda, la derecha ha sido muy arrastrada en ello. No es proteger un supuesto legado cultural, aunque las culturas desaparecen con el transcurso de los años, sino una forma de obtener ventajas competitivas. Al nacionalista de todo tipo no le preocupa la clase trabajadora sino «su» clase trabajadora, en el mejor de los casos. Los ejemplos de ello están a la vista de cualquiera en cualquier lugar con nacionalistas y regionalistas. Por todo lo anterior, ninguna política identitaria puede ser de izquierdas. Ni el indigenismo. Ni las orientaciones sexuales. Ni nada parecido. Respeto sí, pero ya.

Podría seguir enumerando posibles políticas pero, al final, es el propio contexto histórico el que acaba determinando esta o aquella lucha o política concreta. Desde luego la izquierda no puede ser capitalista, más por lo ideológico que lo práctico-empresarial, pero no puede desentenderse de la creación de riqueza. Debe fomentar que los cuerpos intermedios actúen incluso fomentando distintos tipos de cooperativismo para tener algo que redistribuir. La historia ha demostrado, con claridad, que aquello de la nacionalización de los medios productivos no ha funcionado. No son tiempos de empresas públicas o de control total de la economía, salvo, igual, es en el campo energético donde la izquierda deba luchar por el autoabastecimiento. No es concebible que calentar una casa cueste a una familia trabajadora más de 300 euros.

Tampoco debe ser la izquierda estatalista. Ese pensar que el Estado puede hacer de todo, acaba provocando, al final, un totalitarismo y un efecto Minotauro hay que alimentar cada vez con más víctimas que poco o nada tiene que ver con el «reino de las libertades», sino todo lo contrario. El Estado al final es de clase y dotarle de mayor poder es ir en contra de la lógica de izquierdas.¿No se había quedado que había que destruirlo? Lean a los clásicos, o sino a Balibar al menos. Debe intervenir para corregir las desigualdades evidentes o donde los especuladores intenten obtener ventaja de forma sucia. Además de la seguridad y la justicia, evidentemente.

Es una pena que la izquierda haya abandonado el humanismo tanto como el materialismo. Son una fábrica de supuestos derechos inventados o ad hoc, que provocan la invalidez de todos los derechos, incluidos los reales, los naturales, los humanos. Muchos derechos pero ningún deber. Si hay derecho, existe un deber. Porque a la gente se le llena la boca de derechos pero llegados a un punto olvidan los deberes que no dejan de ser, también parte, del bien común. Y es ahí, en el bien común, donde la izquierda tiene su fortaleza en términos políticos. Al menos de una izquierda que quiera gobernar autónomamente. Si se prefiere seguir las consignas de la elite global, si prefieren los penes lesbianos, si prefieren la identidades nacionales, antes que el bien común, que no deja de ser el de la clase trabajadora por ser mayoritaria, pues seguirá pasando lo que pasa. Se vota al menos perjudicial, o al que se entiende como menos perjudicial. Se necesita gente con sentido común en pos del bien común. No es complicado, Ahora bien, tocará buscar, cual Diógenes con su candil, ese tipo de personas con sentido común, las cuales quieran dedicar unos años a la política para servir, no para servirse. Lean a los clásicos y algo aprenderán sobre la izquierda… y la derecha.

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