Ahora que se han logrado los objetivos mínimos que desea el gilcerezismo, no es mal momento para señalar algo que se viene viendo en las dos últimas temporadas: jugar cuando apetece.
La Liga es algo tan malo que al trantrán cualquier equipo con un mínimo, muy mínimo, de calidad logra colocarse en los primeros puestos de la clasificación. Ahí tienen al tercer equipo de este año realizando una liga solvente pero siendo humillado en Champions. O equipos que parecen ser la maravilla del fútbol que son pasados por la quilla por contendientes menores en otras competiciones europeas. Alguno dirá «es que el Rayo», sí una luz entre tanta oscuridad en un momento. Hace años La Liga podía presumir de «mandar» en las competiciones UEFA-Mafia, ahora sus equipos son eliminados en cuanto topan con equipos con un mínimo de calidad y sin estar en fase de transición o malas rachas —que los tienen todos.
Dentro de ese nivel competitivo interno, que acaba afectando a todo, las restricciones financiera podrán salvar clubes pero hacen que los equipos sean cada vez peores tanto en calidad como en cualidad. Así se explica que un Atleti que se toma los partidos fuera de casa como un experimento futbolístico-social acabe siempre en puestos Champions. Basta una inversión mayor que el resto, sin necesidad de acertar en todos los fichajes, para colarse en la máxima competición europea. ¿Esto qué quiere decir? Que colarse, por mucho que se diga, en la Champions tiene poco valor cualitativo para ciertos equipos. Al gilcerezismo le vale porque solo saben de números y apropiaciones, ¿les valdrá a los fondos de inversión que, desde hace poco, controlan la SAD?
Al aficionado del Atlético de Madrid esta época le parece buena, no mejor que la de los años 1970s, pero buena porque se clasifica su equipo constantemente para la máxima competición, lo que significa quedar siempre entre los cuatro primeros equipos de La Liga y tener solvencia económica mayor que el resto —a excepción del duopolio que tiene carta blanca en las palancas—, lo que a su vez retroalimenta seguir en esos puestos. Cierto que hay equipos que no logran estar siempre ahí teniendo presupuestos altos, pero en una competición de 2+1 y los restos para los demás tampoco tiene mayor mérito —en algún momento debería escribir sobre el cambio de estructura mental general que se ha operado en el mundo del fútbol y que afecta a como ven los aficionados las competiciones. El problema es cómo se consigue esto. Puede ser compitiendo o dejándose llevar, eligiendo los partidos. Y esto es lo que viene sucediendo en el Atleti las dos o tres últimas temporadas. Sabiendo que a poco que se apriete se logran los objetivos, se elige competir o arrastrar la camiseta.
Y no han sido los partidos en los que han jugado los chavales los peores, sino los otros. Normal que para estos tres partidos que quedan muchos aficionados pidan volver a esas alineaciones y que desaparezcan los mustios, los displicentes, los sin sangre. Cierto que algunos fichajes han sido un error, que ves a esos jugadores en el campo y piensas sin saben que el balón es redondo, como también ha habido alguno bueno que ha salvado la temporada, pero no todo es acierto con los fichajes. Han pasado jugadores con limitaciones futbolísticas por el Atleti y, sin embargo, jamás se ha dudado de su profesionalidad. Hoy esto sucede continuamente. Al comienzo de la temporada podía existir la excusa de no haber tenido pretemporada, pero luego ¿qué?
Cualquier aficionado rojiblanco no está esperando que su equipo gane todas las competiciones, sabe que entre la mafia federativa-arbitral y la menor capacidad financiero-política tiene complicado ese reto —por eso ha dolido tanto la pérdida en Copa y de la forma en que se hizo. Pero hay que competir hasta el final. Llegar cerca, al lado, a los últimos siete partidos, que sientan el aliento detrás. Y eso hace mucho tiempo que no se hace. Este año ha habido suerte con la Copa y la Champions pero ¿y las anteriores ligas? Ocurre que por mucho que se confíe en el técnico, cualquier aficionado de «normal para arriba» comience a sospechar de todo. Que si los mismos cambios en los mismos minutos, que si los mismos jugadores siempre pese a hacerlo fatal, que si se ha perdido la meritocracia, que si pone a jugadores en otros puestos, que si no han ensayados jugadas de estrategia…
De todo ello, de ese acomodamiento que viene de los usurpadores y aceptan cuerpo técnico y jugadores, pasa que en la última temporada hayan estado arrastrando la camiseta en una buena parte de los partidos. Esto no se puede consentir. O cambian la actitud o habrá que pensar en que todo ciclo tiene su final. No vale el gatopardismo de cambiar todo para que nada cambie, sino algo mucho más estructural, de mentalidad, de saber qué camiseta se lleva. ¿Puede hacerlo el actual entrenador? Debería. ¿Querrán hacerlo los nuevos propietarios? Deberían. Lo que es evidente es que debe ser exigido por la afición. Sin necesidad de hacer el Gonzalo Miró o el antialgo, pero exigir que, más allá de las victorias o derrotas, haya un equipo en el campo que se deje todo, que no arrastre la camiseta. Si quienes están, desde el primero al último, no se ve capaz, que de un paso al lado y pase el siguiente.


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