Antes de nada hay que afirmar que hoy en día, bajo el contexto existente, no existe posibilidad alguna, ni capacidad para la toma de «palacios de invierno», ni revoluciones de colores o epocales, ni nada por el estilo. Incluso cualquier pretensión de transformar la sociedad choca frente a poderosos aparatos ideológicos y represivos. Hoy ser de izquierdas, si es que este calificativo tiene alguna vigencia, es simplemente tener sentido común y pensar, por ende, en el bien común de toda la población dada.
Se observa cómo el espacio político de izquierdas —considerando izquierdas a demagogos, aliados rosas de las elites globales (luego están los azules), payasos e imbéciles (en el sentido de Pino Aprile y su «Nuevo elogio del imbécil», Gatopardo) que se autoperciben así— se va reduciendo en todos los países europeos. Salvo muy mínimas excepciones, en todos sucede lo mismo, desaparecen los partidos socialdemócratas y comunistas por prostituirse con el progresismo y aparecen partidos de perturbados populistas con ideas de simio, en el mejor de los casos. Análisis propios de niños de cinco años y propuestas que van encaminadas a destruir cualquier pensamiento de sentido común y/o crítico cercano a lo racional.
La izquierda fracasa en todo el mundo, lo primero, por haber abandonado cualquier tipo de materialismo y cualquier humanismo —el caso de la pobreza infantil es ejemplo perfecto porque se excluye de la visión que esos infantes, al final, tienen otros familiares o progenitores que también deben ser pobres, entonces no son solo niños pobres sino una amplia masa de pobreza—. El ser humano ha dejado de ser el centro del análisis, el centro de las políticas, para dar paso a cualquier grupo de paranoicos o amargados de la vida. Toda la nueva izquierda ha sido capaz de acabar, en menos de dos décadas, con la dignidad del ser humano —el que no es «raro», el común, con el que se toman un café, o se tomaban porque ya ni eso puede hacer el común de los mortales sin tener un supervisor del comportamiento al lado—, con el feminismo, con el ecologismo, con la universidad, con la educación en general, con la clase trabajadora —los «fachapobres» que dicen ahora desde sus mansiones o áticos posmodernitos—, con la economía al servicio de los seres humanos, con la libertad, con la igualdad y la fraternidad. Su último invento es enfrentar a los jóvenes con los más mayores.
Han establecido una agenda política totalitaria —que será aprovecha por el otro lado del espectro para desarrollar la otra parte del programa de las elites— respecto al ser humano, mucho más cercana al nazismo de lo que reconocerían, pues contiene cambios genéticos, una cultura de exclusión y persecución y la pauperización de la clase trabajadora. Mediante una política de asqueamiento, lumperización social y cultural y eliminación de todo pensamiento crítico. Ese ser hombre, blanco, heterosexual y currante es la serpiente en el paraíso de los unicornios y el brilli-brilli.
¿Qué han hecho por nosotros los romanos?
Recurriendo a la magnífica La vida de Brian, que era una crítica avanzada a todo lo que se venía cociendo y a la izquierda revolucionaria sesentera y setentera, cabe preguntar ¿qué han hecho por nosotros los romanos? Es decir, los socialdemócratas, los democristianos, los comunistas, los conservadores, los liberales, todos esos a los que califican de «régimen del 78», todos fachas actualmente y viejunos, «Boomers». ¿Qué han hecho los que hoy son mayores, los que luchaban en el sindicato, los que dialogaban con el contrario en busca del bien común sabiendo que, posiblemente, ninguno de los dos tenía toda la verdad de su parte, los del pensamiento materialista, los racionales, los…? No creo que haga falta hacer el listado pues cualquier persona «de normal para arriba» sabe el qué, el cómo y quiénes. Y eso no es parte de régimen sino de un sistema, mejorable, que ha permitido llegar al poder a todos estos ganapanes actuales. Si fuese un régimen que se defiende así mismo, no estarían en el poder toda esta banda de nescientes inconscientes. De hecho todos esos jóvenes a los que lanzan contra los mayores o el sistema, son lo que son gracias a que ha habido un sistema que les protege, les permite obtener cualificaciones, les procura libertad para ser lo que quieran sin molestar al otro, evidentemente. Si fuese por la nueva izquierda y la nueva derecha tendrían una mierda enorme y sin estar pinchada en un palo.
Cierto que hay una grave crisis respecto a la vivienda, con precios prohibitivos en los entornos urbanos —hay que recalcar lo de entornos urbanos pues tiene su aquel— y un problema de empleo de baja calidad, con sueldos de subsistencia, poco generadores de plusvalías económicas o riqueza social. Pero esto no es nuevo, viene sucediendo desde hace décadas —lo que se llamó la ruptura del consenso de postguerra— y que se exaltó con el susto de la crisis de 2008. Se decidió salvar a economía especulativa, principalmente, y no al ser humano. En esto vieron las elites que la clase política que llegaba era imbécil, tanto como para entregarse a ellos y su agenda de futuro. Desde ese momento han fomentado a cualquier payaso que pasaba por allí y que no les iba a tocar las ganancias. Son las propias elites globales las que se han separado de los pueblos, como dijo Christopher Lasch, las que fomentan el wokismo y su contrario el populismo identitario, las que están detrás de la división social, del extremismo. ¿No se da cuenta nadie? ¿No ven que los políticos de cada bando están ahí para llevárselo crudo y establecer una agenda exterior? Además de pedófilos y caníbales, esas elites que controlan occidente están derritiendo los cerebros de los seres humanos. ¿Por qué triunfan las canciones indies o reaggetoneras? Porque no son complicadas. Hacer buena música conlleva tener una mente abierta y crítica, justo lo que no se quiere. Todo análisis crítico, venga de donde venga, es vilipendiado.
Se recurre a adjetivos del pasado como «fascista» o «comunista» para asustar a personar cuya capacidad de análisis y/o sentido crítico ha sido perfectamente disminuido por los aparatos e instrumentos ideológicos del sistema. ¿No ven cómo se ríen los medios de comunicación de sus propios lectores-videntes? ¿No ven que les echan piensos compuestos de mala calidad para que la actividad cerebral disminuya y llegue a quedarse en ese 0,5% de las funciones básicas? ¿No ven que los tertulianos son siempre los mismos, en los mismos sitios, sabiendo de todo, ergo de nada, y que son potenciados por los demás aparatos ideológicos, como el editorial? Existe un borrado intencionado del pasado, especialmente del más reciente, cuando no se trata sino de una revisión inventada, y se les dice a los que lo han vivido que no, que eso no fue así como lo recuerdan, para eliminar que una vez existió un pensamiento crítico… con el propio sistema y dentro del sistema. Incluso los que dicen que son boicoteados por el sistema, hoy, son parte fundante del propio sistema. De hecho, están todo el día, en todos sitios, quejándose de que les quieren vetar. Quieren eliminar que hubo un enfrentamiento entre pensamientos distintos que produjo grandes ensayos, grandes análisis y grandes políticas encaminadas al bien común. Sin necesidad de aspavientos, de peleas, de esa dialéctica «amigo-enemigo» permanente.
Será con la llegada del neoliberalismo, en el cual influyó decisivamente Michel Foucault, y que decidió dividirse en dos para contentar a todo el espectro político, ha generado la destrucción del liberalismo, de la socialdemocracia, del comunismo, del conservadurismo y de cualquier pensamiento crítico. Si lo piensan bien, hoy en día, tienen más en común los «verdaderos» comunistas con los «verdaderos» conservadores, que cualquiera de ellos respecto a sus posibles más cercanos ideológicos. Cualquier discurso de un renovador como Georges Marchais, hoy, se parece más al de un conservador que al de un wokista. El Felipe González de 1982, por hablar de algo más cercano, hoy sería un peligroso extremista —y en aquellos años se le llamaba traidor— antisistema. Nos dicen que hay comunistas y fascistas y, como no hay memoria histórica sobre ellos, las personas acaban creyéndoselo. Primero los más incultos, a los que vienen derritiendo de cerebro, y luego a los más sectarios de cada grupo político. Una engañifa de la que son parte hunos y hotros.
¿Qué hacer?
El subtítulo o epígrafe queda muy leninista, la verdad, pero no queda otra que pensar en lo que se debe hacer. Lo primero, como explicaba bien Louis Althusser en Las vacas negras (Akal), es hablar y escuchar con detenimiento a la clase trabajadora. Hoy en día las condiciones objetivas de su trabajo no son tan obvias como el peligro del mecanicismo de la cadena de producción, la pauperización evidente y demás evidencias de los siglos anteriores. Hoy la clase trabajadora se desempeña en muchas funciones, la mayoría no manuales o físicas, y por ello es importante, al menos si se quiere actuar firmemente, saber qué, cómo, sus aspiraciones.
Es curioso que se hable, de forma despectiva, de la clase media aspiracional, pero se omitan todas sus aspiraciones en el discurso. Igual tan solo quieren seguridad, un buen salario, no sentirse esclavizados, formar una familia, comer con calidad y unas vacaciones. O igual aspiran a derrocar el capitalismo globalizado. No se puede saber porque nadie habla con ellos y ellas. Puntualizo lo de «ellas» pues la mujer está tan incorporada al sistema laboral como el hombre y habrá que analizar y saber si están siendo perjudicadas de forma distinta, como mujeres, en su laboralidad. Feminismo básico. Además conocer sus aspiraciones reales, porque igual no quieren estar en un Consejo de Administración por el mero hecho de ser mujer —aunque colocarían a una persona con pene lesbiano, seguramente—, sino por sus capacidades y cualidades personales. Conocer. Y para conocer nada mejor que hablar y, muy importante, escuchar atentamente.
Bien es cierto que esto sería posible si los partidos políticos fuesen organizaciones, primero, realmente democráticas, abiertas a la discrepancia, el diálogo y con una renovación constante de las oligarquías dominantes. No puede ser que alguien que dice representar a la clase trabajadora no haya pisado en su vida una oficina, una obra o cualquier puesto de trabajo de los que generan plusvalías, en el sentido marxiano del término. Hay una casta política que no sabe lo que es un trabajo real, con un jefe cabrón, con objetivos reales, con amenaza de despido, etc. Más que partidos son plataformas personalistas de tiranos.
Otros con los que se debe hablar son los autónomos y pequeños empresarios. Hoy en día, con la globalización y la irrupción de la Inteligencia Artificial, son aliados casi naturales de la clase trabajadora. Criminalizarles, cebarse con ellos a impuestos, dejarles tirados a la primera ventisca, no parece una política de izquierdas. Al final existe contra estos grupos una especie de proyección, malsana, de la entrega a las elites globales. Si a ellos les va bien, les va bien a todos. Básico. Luego vienen las quejas por la gentrificación, la desaparición del comercio de proximidad, pero claro si no sale a cuenta autoemplearse, al final son las grandes cadenas las que acaban copando los espacios. Al final todas las ciudades parecen las mismas porque tienen los mismos comercios, en los mismos sitios. Por lo tanto, se debe escuchar a todas estas personas, que además suelen ser de los que más empleo generan, junto con las empresas medianas —a las que habría que echar un ojo—. Como hay que estar del lado de los agricultores, ganaderos y pescadores. Si en la vida es básica la buena alimentación, habrá que saber qué dicen estos grupos.
Haciendo un inciso. Es paradójico que la casta política sea tan cruel con los pequeños y medianos empresarios cuando, al final se sabe, que muchos de ellos tienen empresas de ese tipo o las crean al salir de la política. Bueno, la realidad es que empresas sí son pero para otras cuestiones menos edificantes. Lo mismo pasa con familiares. Es curioso que muchos políticos tengan familias con empresas, ¡sorpresa!, que se dedican a negocios vinculados con aspectos de la vida política. Muy curioso.

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