martes, 11 de agosto de 2026

Suerte que el Metropolitano no es el Calderón

 


Si va a tener suerte el «ochogoles» y todo. El día 19 de agosto se debe jugar un Atlético de Madrid-Málaga, con el cual comienza la liga para ambos equipos, en el estadio Metropolitano. En ese debut, es más que posible que haya ovaciones para los cuatro jugadores que han resultado campeones del mundo de selecciones y debería haber una bronca monumental para el jugador argentino. No pasará nada o más bien poco.

Con el cambio del estadio, y esto es algo muy comentado por quienes hicieron la transición de uno a otro, se ha perdido buena parte de la atmósfera que se conseguía en el viejo Calderón. Puede que sea por los megavatios de música, puede que por las voces histriónicas de un speaker, puede que por el espacio más abierto, puede que porque la gente se ha aburguesado, puede que porque estamos en una sociedad de sojas y blanditos que se hacen la víctima en cuanto pueden lean a Pascal Bruckner o a Eva Illouz para entender esto. El caso es que el Metropolitano no ruge como rugía el Calderón, ni asusta como aquel, ni pega broncas.

En el Calderón, no tanto en los últimos ocho o nueve años, existieron broncas apoteósicas contra árbitros, equipos contrarios y los propios. Aquellas broncas provocaban maremotos en el Manzanares y eso que siempre fue un arroyo sin casi agua. Como el equipo tuviese un partido de esos de hacer la gracia fuera de casa, sabían perfectamente que al siguiente partido en el Calderón iba a estar la cosa calentita. La gente llegaba con el mosqueo de casa, o de la oficina si era entre semana, y al coincidir con los habituales en los bares cercanos, en las tiendas de bocatas o ya en la misma grada el nivel de mosqueo iba subiendo. Se recordaba todo lo malo, se comenzaba a mentar madres de jugadores y el ambiente se iba electrizando. Mientras los vomitorios iban expulsando seres humanos hacia las gradas, se esperaba la salida de los jugadores para calentar. Inusualmente, había siempre más personas en esos días durante el calentamiento. Y en cuanto asomaba la cabeza alguno era como conectar un enchufe de las broncas y las pitadas. Cuando estaba Luis, solía salir él antes para concentrar metralla, pero aún así les caía una buena.

Luego, si durante el partido se ponían las pilas, todo se calmaba, pero ¡ay de aquel que cometiese un error! Silbidos, voces, runrún. Y vuelta a la animación si lo merecían. Simeone conoce perfectamente esto porque lo ha vivido en aquella temporada que casi bajan a segunda, su primer año de los tres que estuvo al principio. Si había un partido malo se despedía al equipo con bronca e, incluso, lanzamiento de almohadillas. Aunque para no distorsionar la realidad, las almohadillas aquellas marrones estaban más reservadas a los árbitros. Las posteriores rojas se quedaban a mitad de camino. Luis ha recibido broncas históricas. Se le ha llamado de todo cuando hacía una «luisada». Y a los quince días se bramaba «¡Luis, Luis, Luis!» —el canto de «Luis Aragonés» ha sido un poco posterior. En el Atlético siempre ha sido muy ciclotímica la afición.

Todo eso se ha perdido en el Metropolitano. Ni broncas por jugar mal. Ni protestas salvajes por robos. Ni nada. De hecho, si a alguien se le ocurre lanzar algún silbido al entrenador o algún jugador, siempre salen siete u ocho a pedir buenismo. Esto es lo que va a beneficiar al «ochogoles». Esto y la campaña que se montará, dirigida por los Buenistas SA, para no deprimirle más, pues si se va a quedar… ¡Leches! Pregunten a Marina, Rubio, Pedraza, Tomás, Solozabal, Caminero y demás jugadores si se deprimían por los silbidos o las broncas. Al contrario, se les ponían tiesas las orejas. La bronca debería ser de tal magnitud que provocase un 6,7 richter en los medidores de terremotos. Debería empalidecer de tal forma que parezca uno de los hermanos Winter. Debe entender que a la afición del Atleti, esa misma que le animó ¿se puede decir como tontos? durante el tiempo en que no marcaba ni un gol, se la respeta. Que entienda lo que es el Atleti por las malas. Y si alguien le defiende, bronca también. Igual hay suerte, para él, y le hacen una batukada del cabreo.

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